POETA CHILENO
Durante buena parte de esta novela Gonzalo es un poetastro que quiere ser poeta y un padrastro que se comporta como si fuera el padre biológico de Vicente, un niño adicto a la comida para gatos que años más tarde se niega a estudiar en la universidad porque su sueño principal es convertirse –también– en poeta, a pesar de los consejos de Carla, su orgullosamente solitaria madre, y de León, un padre mediocre dedicado a coleccionar autitos de juguete.
El poderoso mito de la poesía chilena –un personaje secundario dice, aludiendo a los veredictos de la Academia Sueca, que los chilenos son bicampeones mundiales de poesía– es revisitado y cuestionado por Pru, una periodista gringa que se convierte en testigo accidental de ese esquivo e intenso mundo de héroes e impostores literario.
Alejandro Zambra es un escritor chileno nacido en 1975 en Santiago que comenzó su carrera como poeta y luego se consolidó en la narrativa con una obra breve pero influyente, caracterizada por un estilo minimalista, íntimo y reflexivo; en sus libros —como Bonsái, La vida privada de los árboles, Formas de volver a casa o — mezcla elementos autobiográficos con ficción para explorar temas como la memoria, la infancia, la familia y la relación con la literatura, a menudo desde la perspectiva de quienes crecieron durante la dictadura chilena, logrando así convertir experiencias cotidianas en reflexiones profundas sobre la identidad y el paso del tiempo.
“La idea de esta novela nació,
murió y resucitó muchas veces”, explica Alejandro Zambra (Santiago de Chile,
1975), que reconoce que fue “incapaz de no escribirla”. Y es que, pese a que
desde su debut en la narrativa con Bonsai (2006) el escritor ha ido
construyendo un mundo muy personal, con temáticas y estilo muy reconocibles, en
alguna parte todavía es un joven con ínfulas de poeta que afirma que nunca
escribirá novelas porque hay que estar mucho rato sentado. “Eso pensaba a los
veinte años. Ser novelista me parecía un oficio demasiado sedentario, la sola
idea de escribir una novela me provocaba una poderosa lumbalgia anticipada”,
bromea desde su casa en Ciudad de México. En aquel entonces, Zambra era “lector
de puros clásicos, no solía acercarme a los mesones de novedades literarias”,
algo contrario a lo que le sucedía con el género lírico. “Quería leerlo todo,
sobre todo la poesía chilena y en especial la poesía que escribían mis pares;
me importaba la sensación de grupo, las largamente cerveceadas conversaciones
con los amigos, la tentación de una búsqueda colectiva, hermosa, imprecisa.
Supongo que siempre fui mejor contando historias que escribiendo poemas, pero
aspiraba a la poesía”, asume años después de su decisión de transformar Bonsai
“que en mi cabeza era un libro de poesía”, en la novela que hoy conocemos.
“Decidí contar la historia de ese fracaso, sobrevolar ese fracaso, ese deseo de
libro”. Y del deseo, quizá inconsciente pero irrefrenable, de aunar su vocación
de poeta y su condición de novelista nace Poeta chileno (Anagrama), un
canto de amor a sus orígenes literarios y a su país, veteado de reflexiones
sobre la identidad y las relaciones paternofiliales.
Lo inesperado…es el
modal/modelo escogido: poco y nada de las innovaciones formales del autor en
entregas anteriores (alguna foto, apenas esos destellos de un
testigo/comentador invisible que muy de tanto en tanto aparece y comenta hasta
la última y definitiva epifanía de la página final) para optar, en cambio, por
una intensidad decimonónica más que millennial. No se renuncia aquí al ya
característico interés por lo microscópico de Zambra, pero sí se lo enfoca con
intensidad telescópica. Así, la recorrida súper-8 y home movie de
apartamentos y casas de Poeta chileno alcanza lo panorámico del
CinemaScope y la aguda gravedad del Dolby Atmos combinando al experimento con
un cierto aire tradicional en el mejor sentido del adjetivo. Y lo
consigue con una cadencia cuasibalzaquiana que acaba haciendo de Poeta
chileno una suerte (una muy buena suerte) de Ilusiones
perdidas revisitada y puesta al día para intentar resolver el mismo y, sí,
detectivesco misterio de siempre que jamás perderá vigencia o interés: cómo se (de)forma
un poeta…
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