LA LUZ DIFÍCIL

 

SIPNOSIS

Una emocionante novela sobre el amor de un padre a su hijo, que celebra la vida en toda su luminosidad

Son las siete de la mañana cuando a David lo despierta una punzada de angustia en el vientre: ha llegado el día en que está programada la muerte de su hijo Jacobo. Parapléjico tras un accidente de tráfico, el muchacho siente dolores tan fuertes que la vida se le ha vuelto insoportable. Su hermano lo ha acompañado hasta Portland, donde un médico va a prestarle ayuda, muy lejos del apartamento familiar en Nueva York, en el que David aguarda noticias del desenlace, padeciendo el paso de las horas mientras se pregunta si tal vez Jacobo, en el último momento, se arrepentirá. Casi veinte años más tarde, con la vista gastada pero la memoria intacta, David recuerda los tiempos de Nueva York, el terrible accidente de su hijo y, ante todo, la larga espera durante ese día, anhelando que no avance el tiempo mientras mata las horas trabajando en su último cuadro, en el que se esfuerza con ahínco, como si de ello dependiera la vida de todos, por plasmar el esquivo reflejo de la luz en el agua.

Sexto piso

SOBRE EL AUTOR

Nació en Medellín en 1950 y escribe desde la década de los setenta, cuando cursó estudios de Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia. Vivió en Miami y en Nueva York durante cerca de veinte años y en 2002 regresó a Colombia, donde aún vive. Es autor de una decena de novelas, entre ellas Primero estaba el mar (1983), Para antes del olvido (1987), La historia de Horacio (2000), Los caballitos del diablo (2003), La luz difícil (2011, recuperada por Sexto Piso en 2023), Temporal (2013) y El fin del Océano Pacífico (2020). Sus cuentos están recogidos en La espinosa belleza del mundo (2019), y sus poemas, en Manglares (2019). Su obra está traducida, entre otros idiomas, al inglés, francés, alemán e italiano.



ENTREVISTA

Tomás González: el camino hacia la levedad.

 A Tomás González sería posible definirlo como un escritor prolífico, por todas sus novelas —Primero estaba el mar (1983), Para antes del olvido (1987), La historia de Horacio (2000), Los caballitos del diablo (2003), Abraham entre bandidos (2010), La luz difícil (2011), Temporal (2013), Niebla al mediodía (2015) y Las noches todas (2018)—, por sus tres libros de cuentos —El rey del Honka-Monka (1995), El lejano amor de los extraños (2013) y El expreso del sol ((2016)— y por sus poemas publicados en el volumen Manglares (1997). Sin embargo, también podríamos dudar de que ese término resulte pertinente para referirnos a él, porque después de su primera novela, parece que inició un camino en busca de la brevedad. Es más: aunque no haya certeza de que leyó las Seis propuestas para el próximo milenio, de Italo Calvino, tras leer su obra uno podría quedar convencido de que sí lo hizo, y que desde entonces acogió como su principio esencial en la escritura la búsqueda de la levedad, considerada esta “más como un valor que como un defecto”, según lo advirtió en su conferencia el escritor italiano, en la cual hizo énfasis en que una de sus propias búsquedas como escritor había sido precisamente la levedad: “mi labor ha consistido las más de las veces en sustraer peso; he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado, sobre todo, de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje”

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ANÁLSIS

Basado en de Daniel Rojas Pachas sobre La luz difícil


La luz difícil, publicada por Tomás González en 2011, es una novela que reflexiona fundamentalmente sobre la muerte, el dolor, la pérdida, la memoria, el paso del tiempo y el arte. La historia se construye alrededor de David, un pintor que recuerda, muchos años después, la muerte de su hijo Jacobo, quien decide someterse a una eutanasia debido al sufrimiento provocado por una lesión en la columna. La novela no pretende tanto plantear un debate moral sobre la eutanasia como mostrar cómo una persona y una familia afrontan la pérdida y cómo esa experiencia modifica su manera de entender la vida. El estudio de Rojas Pachas interpreta la novela a partir de la oposición entre luz y abismo, que constituye uno de sus principales ejes de significado.
Uno de los temas fundamentales es, por tanto, la muerte y el duelo. La muerte de Jacobo marca profundamente a David y se convierte en una experiencia que condiciona su sensibilidad durante el resto de su vida. Más adelante también pierde a Sara, su esposa, lo que intensifica su sensación de ausencia y nostalgia. Sin embargo, el dolor no aparece únicamente como algo negativo: las pérdidas hacen que David comprenda aspectos de la existencia que antes no era capaz de percibir. El sufrimiento termina transformando su mirada sobre el mundo.
Otro tema esencial es la memoria. David narra desde la vejez y reconstruye episodios de su pasado mediante una escritura autobiográfica. El presente de la narración se sitúa en 2017, cuando David vive en Colombia, ha perdido gran parte de la visión y ya no puede pintar. Desde allí recuerda especialmente los acontecimientos de 1999, cuando vivía con Sara y sus hijos en Nueva York. De este modo, el pasado y el presente están constantemente relacionados. Recordar se convierte en una forma de recuperar a las personas que ya no están, especialmente a Jacobo y Sara.
La pintura es fundamental para comprender al protagonista. David no pinta simplemente por profesión, sino que utiliza el arte para intentar comprender y representar la realidad. Sus cuadros están relacionados especialmente con el agua, el mar, la luz, las orillas, los abismos y el paso del tiempo. Por ejemplo, sus pinturas de cangrejos herradura representan, según el propio David, el «tenebroso abismo del Tiempo». Por ello, la pintura funciona como una manera de expresar cuestiones que van más allá de lo visible.
Aquí aparece la écfrasis, un recurso especialmente importante en la novela. La écfrasis consiste en incorporar al texto literario la descripción o comentario de una obra artística. David describe sus propios cuadros y explica qué intenta conseguir con ellos. Estas descripciones permiten que el lector conozca no solo las pinturas, sino también la concepción artística y vital del protagonista. La pintura se convierte así en una parte del propio relato.
La relación entre pintura y escritura se hace todavía más importante cuando David empieza a perder la vista. Al no poder pintar, recurre a la escritura y, en determinados momentos, a la poesía. De alguna manera, la escritura sustituye a la pintura como instrumento para comprender y representar el mundo. El propio David relaciona sus textos poéticos con la pintura. Esto demuestra que el arte constituye para él una forma de enfrentarse al dolor y conservar aquello que está desapareciendo.
Uno de los símbolos principales es precisamente la luz. La luz representa la belleza, la percepción y la posibilidad de comprender la realidad, pero nunca aparece aislada: siempre está acompañada por la oscuridad y el abismo. David busca en su pintura una luz que sea capaz de mostrar también la profundidad y la muerte. Por eso la luz es «difícil»: porque resulta complicado encontrar belleza y sentido cuando se está enfrentando el sufrimiento y la pérdida.
El abismo simboliza, por su parte, la muerte, el dolor, el paso del tiempo y aquello que el ser humano no puede comprender completamente. Está presente en los paisajes, en el mar, en los barrancos e incluso en los espacios cotidianos. La novela establece así una relación constante entre luz y abismo, belleza y muerte, vida y desaparición. Lo importante es que David termina comprendiendo que estos elementos no son opuestos absolutos, sino que forman parte de una misma realidad.
También es importante el mar, que funciona como símbolo de la memoria y de la profundidad. Desde su infancia, David mantiene una relación emocional con el mar, especialmente a través de sus sonidos. Más tarde, el mar se convierte en uno de los principales motivos de su pintura. El agua permite relacionar la belleza de la naturaleza con la profundidad y el abismo.
El sonido adquiere además una importancia especial porque David está perdiendo la vista. Cuando ya no puede confiar plenamente en sus ojos, encuentra otra forma de percibir el mundo mediante los sonidos, la música y la memoria. De esta manera, la novela amplía el concepto de «luz»: ya no es únicamente algo visual, sino que puede encontrarse también en los sonidos y los recuerdos.
En cuanto al narrador, la novela está narrada en primera persona por David. Se trata de un narrador protagonista que cuenta su propia vida desde la vejez. Su relato es subjetivo porque conocemos los acontecimientos a través de sus recuerdos, pensamientos y sentimientos. Además, David decide qué episodios recordar y cómo contarlos, por lo que la propia escritura autobiográfica se convierte en parte de la estructura de la novela.
Respecto a los personajes, David es el personaje central y su evolución constituye el verdadero recorrido de la novela. Jacobo, su hijo, representa el dolor y la decisión de enfrentarse a una muerte que considera necesaria para terminar con su sufrimiento. Sara, esposa de David y madre de Jacobo, representa una presencia fundamental en su vida y, después de su muerte, una ausencia que alimenta su memoria y nostalgia. También aparecen los otros hijos de David, Pablo y Arturo, que forman parte del núcleo familiar.
El tiempo narrativo no es lineal. La novela se organiza principalmente en dos momentos: el presente de 2017, cuando David es anciano y escribe sus memorias, y el pasado de 1999, cuando sucede el episodio relacionado con Jacobo. Esta estructura permite que el lector observe los acontecimientos desde la distancia que proporciona el tiempo y comprenda cómo una experiencia ocurrida muchos años antes sigue afectando al protagonista.
Finalmente, el estilo de Tomás González es sobrio, contenido e introspectivo. La novela evita una expresión exageradamente sentimental y prefiere utilizar imágenes, recuerdos, paisajes y reflexiones para transmitir el dolor. La pintura, la poesía, el sonido y la naturaleza adquieren así una función simbólica. El lenguaje intenta acercarse a aquello que resulta difícil de expresar, hasta llegar a un punto en el que incluso las palabras parecen insuficientes. El artículo señala precisamente que el abismo representa aquello inefable, aquello que no puede ser completamente capturado mediante el lenguaje.
En conclusión, La luz difícil puede entenderse como una novela sobre aprender a mirar la vida desde la pérdida. David comienza intentando representar mediante la pintura una realidad en la que la luz y el abismo están separados, pero las experiencias de la muerte de Jacobo y Sara le hacen comprender que ambos forman parte de una misma existencia. Cuando pierde la vista y deja de pintar, encuentra en la escritura y en la memoria una nueva manera de acercarse a esa realidad. Por eso, la «luz difícil» del título representa finalmente la posibilidad de encontrar belleza, comprensión y sentido incluso dentro del dolor y de la muerte

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